No sé qué es lo que tiene la nieve que saca nuestra parte más juguetona y divertida. Y no sólo de las personas, también de los animales, al menos de los caballos y perros. Quizá es que es blandita y cae suavecito… y cuando te toca es como una caricia fresca. Quizá es porque no hace ruido. O quizá sea porque cuando llega rompe la monotonía del territorio y dibuja un nuevo paisaje encima del que existía.

El caso es que cuando nieva, se nos transforma el humor y nos hacemos niños. Cachorros. Quizá en los sitios que estén acostumbrados a ver nevar con frecuencia esto no sea tan así. No lo sé. Pero en lugares como la Región de Murcia donde es inusual ver el elemento blanco caer del cielo nos emocionamos tanto que es como si la nieve borrara de un plumazo todos nuestros problemas.Perros jugando en la nieve -equynos- Moratalla

En Murcia suelen pasar décadas entre una nevada y la siguiente. Excepto en algunas zonas de la comarca del noroeste (Caravaca de la Cruz, Bullas, Moratalla, Cehegín, Calasparra y Moratalla) que sí que ven nevar casi todos los años. Sin embargo una cosa es que caigan algunos copos y otra que el terreno se convierta en un páramo blanco casi impoluto.

En los 43 años que tengo no había visto nevar en esta Región como en este 18 y 19 de enero de 2017. Y mis caballos y perros tampoco. Me ha gustado observar el comportamiento de mi pequeña manada ante la nieve. Todas -menos una- son yeguas jóvenes que no habían visto nevar nunca. Es posible que la mayor sí. Y he podido ver muchas comportamientos curiosos.

Por ejemplo, que reaccionan mucho mejor a la nieve que a la lluvia abundante. Otra cosa que me ha llamado la atención es que su energía se ralentiza, se vuelve más tranquila. Más suave. Como si la textura y la cadencia de la nieve las calmara.

Cuando la nieve empezó a cubrir la tierra con una capa casi uniforme me hizo gracia verlas excavar con los cascos el suelo con cara curiosa, intrigada. Como de sorpresa: como si se preguntarán «qué es esto que hay en el suelo». Es curioso que por lo normal los caballos eviten el agua y los charcos y, sin embargo, la nieve que es mucho menos habitual no la esquiven.

Y lo último que he comprobado es que cuando los caballos llevan horas con una actividad mínima, a pesar de estar sueltos y con espacio para correr, llega un momento en que la energía les desborda y necesitan dejarla salir. Es entonces cuando se ponen a saltar, a revolcarse y a correr (lo hacen con cuidado para no resbalar)…

Y yo no puedo evitar emocionarme ni contener el impulso de grabarlas aunque ello suponga quedarme hecha una sopa. Y feliz de poder presenciar semejante espectáculo.

 

 

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